


imaginarios terapéuticos contra el cansancio de conciencia














Hradcany, la colina del castillo con la Catedral de San Vito en lo alto.
Mala Strana y el Santo Niño de Praga
Los cuentos de la Mala Strana son la principal obra de Jan Neruda. Se desarrollan en el barrio homónimo, justo a los pies de la colina del castillo que domina todo el paisaje de Praga. El barrio es una historia en sí misma; un conjunto de formas, puentes, cúpulas, caminos, tranvías, parques, cervecerías y personajes que se funden a la sombra de la Catedral de San Vito.
Para llegar a él, desde el Stare Mesto (la parte antigua de la ciudad), hay que pasar el río Voltava, justo por encima del puente de Carlos (Karlovy Most).
Sin quererlo y sin saberlo, el recorrido es casi procesional. Mientras se avanza aparecen lentamente las torres de las iglesias, las plazas, los mercados, las tiendas, las formas barrocas, los callejones, y se van escuchando los sonidos propios del barrio que el turismo masivo todavía no ha logrado desarticular.
La primera vez que pasé el puente de Carlos y visité el barrio, fue una muy fresca mañana de sábado; curiosamente me encontraba ahí por casualidad. Nancy, una queretana del grupo, me pidió que la acompañase a buscar el santuario del Santo Niño de Praga.
En México pedir señas a un desconocido es más bien un acto de amabilidad social. A cualquier persona que le sea solicitada una dirección o consejo no tardará en interrumpir lo que hace, dirigirse directamente con el perdido en cuestión y darle de la manera más amable la información. Lo cómico del caso mexicano es que muy pocas veces la información es certera y confiable al cien por ciento.
La raza de bronce se desvive por adornar el rito de orientación, como si fuera procesión de semana santa o fiesta de quince años de pueblo, apenas dando importancia al contenido sustancial.
Mexicanos finalmente, más preocupados en el envoltorio que en el contenido.
Chequia con sus checos está del otro lado del universo geográfico-orientativo; la gente apenas si muestra algún interés en responder, sin embargo la información es absolutamente confiable, y si alguien desconoce lo preguntado simplemente lo dice.
Checos finalmente, tan preocupados y al borde del suicidio debatiendo contenidos y siempre poco felices en disfrutar los envoltorios.
Nos bastó preguntar solo unas dos veces para llegar a la iglesia. Ahí estaba aquella pequeña y rubia figura que muchas de nuestras abuelas norteñas siguen venerando, probablemente importada por algún jesuita bohemio en tiempos de la Nueva España.
Sin pensarlo dos veces respondería que la mejor manera de conocer la zona no fue por medio de caminatas; fueron los cuentos de Neruda que me llevaron por muchos rincones del barrio incluso antes de estar ahí; me gustaba leerlo y después salir en busca de los lugares que había creado en mi cabeza para después compararlos.
La facultad donde tomé los cursos se encontraba en Stare Mesto (la ciudad antigua) y mi residencia universitaria más al este, cerca de la estación Palmovka.
El Mala Strana era el otro extremo de mi vida en Praga, a donde solo acudía como un turista literario con bolsa de cerezas en mano. Era como un enorme parque, un espacio de ciudad al que solo le dedicaba la mejor parte de mi estancia.
Es difícil definir qué otorga el valor de un libro; no siempre depende directamente de su contenido. A veces un libro vale por un suceso histórico relacionado o su capacidad para encajar en el espacio que existe entre la pata de una mesa y el suelo.
Pienso que el libro de Neruda era bueno y punto. Nada extraordinario. Sin embargo, lo trascendental en este caso, era que nunca antes había relacionado tan directa e inmediatamente una narración con un lugar inmediato, un lugar que veía, caminaba y escuchaba mientras pasaba las hojas. Era como un espejo con dos realidades diferentes y encontradas, y yo justo entre ambas. Neruda crea un universo autónomo encerrado entre la colina de Petrin, el castillo y la rivera del Voltava y yo hojeaba sus palabras en aquel universo real.Un accidente afortunado que sin querer dejé llevar.
No pude leer todos los cuentos. La maestra rubia-guapa-natural-medio-que-silvestre me proporcionó solo algunos. Tendría que esperar otros 6 años hasta toparme con una edición en español completa, justo fuera de la estación Copilco de la Ciudad de México.
Pero esa es otra historia u hebrita que no voy a deshilvanar esta vez.
La iglesia de San Nicolás en Mala Strana
Las brillantes lápidas de Vysehrad
Praga es un plato roto, un conjunto de pedazos pegados a la fuerza; ciudad discontinua donde varios asentamientos unidos por la historia y la cercanía fueron estableciendo redes que los cohesionaron, aunque en realidad nunca se unieron.
La Ciudad Vieja, la Ciudad Nueva, el Mala Strana y la Colina del Castillo; cuatro zonas antiguas de la ciudad que poco se asemejan unas de otras, ya ni mencionar el barrio donde me alojaba, con sus enormes edificios soviéticos de concreto y una floreciente industria de sex shops que animaban extrañamente la zona.
Pasó Junio y con él los cuentos de Neruda y los paseos en el Mala Strana. Necesitaba una continuación para una historia que no podía terminar así, aunque de ser sincero tampoco sabría cómo habría de proseguir. Fue más bien una cuestión que se dio sin planear.
¿Porqué no visitar a Neruda? Mejor dicho: ¿Porqué no visitar los restos de Neruda? Sí, como si fuera un tipo de santuario o lugar de reliquias…
Su tumba estaba al sur de la ciudad, en la colina de Vysehrad. Como no conocía esta parte de la ciudad y la guía turística la recomendaba no podría perder mucho, además que me permitiría continuar la historia.
Nunca antes había visitado un cementerio con este tipo de fines (que tampoco podría definirlos). Apenas si visitaba a los difuntos de la familia el 2 de noviembre y bastante a la fuerza.
Un viernes de Julio me dirigí a Vysehrad con una bolsa de cerezas, cámara reflex y una botella de agua de un litro; el calor era omnipresente y asfixiante. La temperatura llegó al máximo anual. Nunca hubiera creído que en Praga tuvieran por lo menos una vez al año una aproximación al trópico tabasqueño. El metro ardía en olores de humanidad, la calle era bochorno difuso y constante, y los pobres praguenses andaban de sombra en sombra pidiendo posada.
Al llegar a Vysehrad, apenas bajando del metro la situación era otra; no sé si era su ubicación al lado del río, el estar sobre una colina o los muchos árboles que cubrían el entorno, o muy probablemente todo lo anterior junto: El frescor se sintió como ráfaga de cielo apenas se pasaba el umbral del cementerio.
La luz del sol pasaba entre las copas de los árboles moviéndose con el soplo del viento.
Las lápidas de granito negro se reflejaban unas a otras como una casa de espejos. Todas estaban increíblemente brillosas y limpias. A lo lejos una fuente invisible me regalaba su sonido, y era todo para mí porque el cementerio estaba solo.
Caminar por entre las tumbas era un extraño gusto; me dio sensación de placer, tranquilidad, silencio y curiosidad.
Anduve por algunos minutos entre la grava que picaba la suelas de mis zapatos. Una vieja recién terminaba de limpiar una lápida y guardaba sus herramientas en una gran bolsa gris, apenas si me miró. Traté de no parecer turista, aunque es difícil para un mexicano en país de güeros-unochentaycinco.
No tardé mucho en dar con la tumba de Neruda, el cementerio no era grande y la lápida se encuentra en un lugar relativamente central y accesible.
Justo frente a la brillante tumba negra lo primero que vino a mi mente fue recordar ese pequeño párrafo de la escuela secundaria. Disfruté ser consciente de estar construyendo una historia ahí y en ese momento. Sonreí de pensar que mi curiosidad y una serie de factores y circunstancias en seis años y nueve mil kilómetros me fueron llevando sin querer hasta ese lugar. Ese día tan cálido en Praga.
Giré la cabeza a ambos lados, todo estaba solo. La vieja hacía tiempo que había desaparecido. Solo estaba esa piedra negra y lustrosa de Jan Neruda frente a mí, con su nombre dorado que resaltaba de ese granito negro que brillaba intensamente.
Saqué entonces la reflex, y el instante que he capturado lo comparto en este Blog.
Seis años y nueve mil kilómetros después me separan de aquel caluroso día en Vysehrad.
El granito estaba tan brillante que aparecí reflejado. No recuerdo si así lo quise o resultó más bien una sorpresa, eso no importa. Quedo mi reflejo.

La vida después de Neruda
Los lugares nunca son los mismos; provocan emociones particulares y por lo tanto distintos niveles de adicción y gusto.
Mis lugares preferidos son las estaciones de tren y los aeropuertos; son sitios de paso donde la gente llora mientras se despide, o sonríe sinceramente mientras ve como sus amigos o familiares caminan cadenciosamente por los andenes con maletas en mano, aproximándose, pensando en dar un abrazo o solo saludar con un beso.
Emociones intensas siempre.
Los cementerios salen de cualquier clasificación, solo buscan ser un lugar de memoria. El último sitio sobre la tierra para combatir el mayor terror humano que es el olvido.
Creo que un cementerio representa la paz, el regreso al útero materno, la búsqueda de la inmortalidad y lo patético e irreal de todo lo anterior.
No hay un cementerio similar a otro; nunca son iguales: Los hay pobres, polvorientos, muy vivos –por extraño que pareciera el término-, tristes, solemnes, monumentales y nostálgicos.
Vysehrad es lo que un cementerio Praguense debiera ser: un lugar hermoso acorde a su ciudad, lleno de historia y de tristeza, de recuerdos grises y de una felicidad extraña por su nostalgia infinita.
Cuando regresé a México traje una fascinación por los cementerios; no por la muerte que es diferente. Sino por la obsesión humana de la memoria y la trascendencia.
A seis años de Vysehrad he logrado reunir series fotográficas de distintos cementerios, buscando entender su carácter único e irrepetible, su finalidad de ser monumentos al recuerdo y la vida.
Ahí está el hilo que descubrí hace tiempo. Una hebrita que comenzó en una frase y afortunadamente todavía no termina porque se transformó en otra cosa.
En mi familia acostumbramos la cremación en lugar de los entierros; sin embargo me gustaría tener una lápida de granito negro con mi nombre en dorado que permita reflejar a quienes pasen al frente y se detengan un momento a ver las letras brillantes sobre su imagen estática.
Si, me obsesiona también ser olvidado.
Sí, hay otro París.





